Una noche en las peleas

Una batalla, anuncian. Pero a uno siempre le cuesta creer. Todo es sospechoso, cuando las apuestas son tan grandes. Pero vamos que vamos.

El ring flotando en un mar de silicona. Rubias de infarto al brazo de viejas momias. Arriba, Cotto mete miedo, cejas juntas, apretadas, parace un perro de esos que no sueltan. Margarito parece un renegado o fugitivo, brazos flacos y largos, sube al ring con la pelea perdida en la mente de casi todo el mundo, 290 a 1 para Cotto, dicen.

Y Cotto intenta justificar esas apuestas. Sale golpeando, hacia delante, sus guantes adheridos a la quijada de Margarito en los tres primeros rounds. A Margarito se le sacude la cabeza como campana. Si esto sigue así, habrá que levantar la tienda y dormirse temprano. Pero Margarito recibe y aguanta. A pesar de sus brazos como mangueras, le viene bien la pelea corta. Poco a poco le va aflojando el hígado a Cotto.

Luego del quinto se emparejan. Cotto y su orgullo herido. Margarito que se atreve a creer. En el noveno Cotto recorre borracho el cuadrante. Sin hígado y con la nariz reventada anuncia lo que nadie habría creído ayer: Cotto tiene pasaje para la lona.

Pero dura un par de rounds más. Margarito parece que le va a arrancar la nariz, Cotto se dobla y escupe. En el once, cámara lenta para Cotto, pone una rodilla en el piso y aguanta todavía el remezón. Dos finos chorros de sangre le brotan de la nariz. El referee mira a la esquina de Cotto. La gente de Cotto se resigna. Esto se termina aquí.

Una batalla. Esta noche ha valido la pena ir a las peleas. Si De la Hoya tuviera un poco de vergüenza donaría la mitad de su fortuna a estos dos gladiadores.

Me duermo pensando en la mujer y el hijo de Cotto, abrazados entre lágrimas mientras el público se levanta, rugiendo.

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