Si to conozco no me acuerdo

Algo que me fascina acerca de las ciudades es el sentido del propósito que la gente que vive en ellas parece tener. La gente se levanta en la mañana y se arregla lo mejor que puede para luego atropellarse en las calles repletas tratando de llegar a los distintos lugares a los que deben llegar. Todos parecen un cumplir un propósito determinado, una misión específica e indispensable. El hombre con el rostro apretado contra la ventana del vagón de tren repleto no sospecha que cualquier su empresa es tan absurda como quedarse todo el día viendo la lluvia caer hasta que al cielo se seque totalmente.

Es agradable revisitar esa ilusión, esa energía. Por eso estamos en Nueva York. Por eso tomamos un avión incómodo en una época en que los aviones cada vez parecen más cárceles con alas de metal y los aeropuertos inmensos campos de concentración a las afueras de las ciudades.


LLegamos al anochecer. Cuando cruzamos en el taxi el puente de Brooklyn, las luces de Manhattan cubren el cielo como millones de fuegos artificiales petrificados en el aire. Las aguas del río Hudson esperan su caída en vano. Miramos el perfil rutilante de norte a sur. No en la radio pero si en mi cabeza suena una canción de Luna.

Al entrar el umbral de la isla de Manhattan, uno tiene la ilusión de haber dejado el mundo detrás. Al cruzar las puertas de la ciudad abandonamos toda esperanza.


El primer día conocemos la cara oculta de la ciudad: su sistema de trenes subterráneos. Una ciudad siempre en tinieblas bajo la otra, el rostro opulento de las postales. En la estaciones todo está cubierto por una película de grasa y el aire espeso se queda quieto hasta que uno de los ruidosos trenes lo llena de turbulencia y hediondeces indescriptibles. A cada momento tengo visiones espantosas de desastres que nos sepultan en aquellos túneles, las entrañas de la ciudad. Me imagino que tome un tiempo acostumbrarse a vivir como un topo buena parte del día.

Al subir por las escaleras y aparecer en la boca de los túneles, uno despierta de una pesadilla a la que deberá volver cada vez que quiera cruzar la ciudad.


Bartebly consume sus días caminando desde la estación del ferry de Ellis Island hasta Times Square. Lo vemos al bajar del ferry. Al cruzar la calle empuja una mesa donde tiene una computadora, impresora y módem. La barba a medio crecer, una camisa blanca cubriéndole la panza a duras penas. Sudor en varias partes del cuerpo. Los turistas, que en todas partes son como bandadas de cuervos, se dan la vuelta al verlo pasar. Algunos, los más atrevidos se atreven a pedirle que pose para una foto con la estatua de la Libertad al fondo. El siempre responde con su desdeñosa frase. Luego dobla una esquina y desaparece caminando por el malecón a cuyo lado se estrellan las aguas grises.


El omnipresente olor a meados. El olor a meados que lo inunda todo, hasta las entradas de los sitios más prestigiosos. Y ¿por qué no? Una ciudad tan grande también tiene que mear. Millones de litros de meados al día chorreando de las veredas y evaporándose al sol del mediodía. Millones de personas inhalando y exhalando el olor a meados. Meados para todo el mundo. El dulzón comunismo del meado. Entro e un baño público y aguanto la respiración. El olor a meados hasta en los sueños.


Nos perdemos y en Wall Strett un yuppie joven con traje color grafito insiste en acompañarnos hasta Penn Station. Nos da detalladas instrucciones e incluso nos recomienda un par de lugares antes de despedirse mostrando la misma sonrisa fosforescente de todos los yuppies. Se dice, se decía, que los neoyorquinos son gente bastante ruda, pero la señora en la estación del metro, el hombre de aspecto árabe en la séptima avenida, la chica con bolsas de supermercado en el tren, la hípster en Chinatown, no podían ser más amables. Alguien menciona que todo ha cambiado desde el 11 de septiembre. Que la gente se preocupa más por sus semejantes. Tengo visiones fugaces de aviones cayendo sobre varias ciudades del mundo. En realidad es terrible pensar que haya falta una tragedia espantosa para que la gente se vuelva menos detestable.


También hay pasadizos secretos, puertas ocultas que se abren luego de pronunciar palabras mágicas. Pregunto por algo, por cierto producto y luego de travesar túneles ocultos detrás de las tiendas de la calle cuarenta y dos, conozco la entrada al mercado negro. Algo me dice que un par de palabras más me acercarán a emociones aun más fuertes. El chino me sonríe y asiente. Pienso en la trilogía neoyorquina y los hombres perdidos para siempre de las novelas de Paul Auster. Al salir, miro el mapa y me cuesta entenderlo. Camino y me dejo arrastrar por el río humano.


Broadway, el Guggenheim, Radio City Music Hall, Central Park. El estadio de los Yankees en el corazón del Bronx, un bosque de torres vomitando humo gris. Coney Island. Los destinos literarios. Una multitud de lugares e imágenes que ahora me resultan borrosas. No podría jurar haber estado en ninguno de aquellos sitios. Lo que más recuerdo es estar de pie en el corazón de Times Square y mirar ciento rostros desfilando ante mis ojos como una película que intento descifrar. Vivir en una enorme ciudad tiene la ventaja de hacerte sentir un eterno extranjero y, como sabemos, ser extranjero es una de las formas de aquella falacia llamada libertad.


Muchos de los lugares más conocidos difieren de la imaginación que tenía de ellos. Algunos tienen menos lustre, se ven más pequeños de como me los imaginaba. Hay un Nueva York que vivía en mi mente, retazos que había juntado durante años y que voy perdiendo poco a poco a medida que la ciudad real entra a través de mis ojos. Me sucede también con las personas. Para conservar los productos de la imaginación con sus contrapartes físicos está el arte, la única eternidad posible, me digo.


Al regresar al aeropuerto hablo con el chofer, un dominicano vestido de Calvin Klein de pies a cabeza. Hablamos del swing de Manny Ramírez, de Mariano rivera y su placidez. De la comida dominicana y Washington Heights. De Wilfrido Vargas y Johnny ventura. Buena gente, la dominicana, me dice, pero no voy mucho por allá. ¿Por qué?, pregunto. Demasiada gente parecida a uno mismo, responde. Al despedirme le doy la mano a ese hombre tan sabio.


El avión deja detrás el mar de luces. No hemos visitado la mitad de lugares que habíamos planeado. Me acomodo en el asiento. Le cierro los ojos a mi hijo, le tomo la mano a mi mujer. La azafata me trae una taza de café. Le doy una última ojeada a la ciudad. A dos horas nos espera la enorme placidez del suburbio.

Allá abajo el río de gente se sigue moviendo como siempre. Los millones de vehículos se apresuran unos detrás de otros como largas filas de insectos luminosos sobre los puentes de Manhattan. La gente sigue corriendo apresuradamente de un lugar a otro, como si todo ese ajetreo y esos esfuerzos tuvieran alguna razón de ser, algún fin, un propósito que este momento me resulta difícil comprender.

Noviembre 4, 2009 · Memoria, Notas · (Comentar) · Temas:

Las veredas cubiertas de hojas como bandadas de pájaros naranjas fulminados, amontonándose unos sobre otros, emitiendo un crujido al tropezarse unos con otros. El otoño es una estación de pocos días, con apenas tiempo para teñirlo todo de rojo antes de hacerlo desplomarse en un mar de marrones y grises. Luego el silbar del viento helado o, lo que es lo mismo, el silencio. Quien no tiene hogar, no podrá construirlo en el otoño, dice Rilke. Tal vez por eso se suicidan las aves, rompiéndose el cuello en el cemento. Todo el mundo necesita un hogar, chico, canta Iggy Pop. Encuentro dentro los ojos de mi hijo de cinco meses la felicidad más auténtica que he conocido. La felicidad no deja ninguna huella en nosotros, escuché eso en alguna parte. Pero unas pocas gotas alcanzan para sobrevivir otros tantos infortunios. A eso le llamamos vida.

Caminamos descalzos por la casa. Bailamos salsa con las luces apagadas. Es de noche ya y no nos dimos cuenta. Otra bandada de hojas se estrella conta el cristal de la ventana. Otro otoño empieza en la gran ciudad.

Septiembre 28, 2009 · Memoria · 2 comentarios ·

Gente

La gente que nos quiere dar ánimos

La gente que nos quiere vender algo

La gente que quiere que le paguemos

La gente que nos quiere contratar

La gente que nos quiere despedir

La gente a la que no le importamos un comino

La gente que nos parece tan poco interesante

La gente a la que le hubiéramos podido dar un aventón

La gente que no dudaría cortarnos el cuello

La gente que nunca nos invita

La gente que nunca llega cuando la invitamos

La gente que se olvidó de nuestro nombre

La gente a la que no volveremos a ver

La gente que tendremos que ver todos los días

La gente que se fija en nuestra bragueta

La gente más solitaria que nosotros

La gente que se fija en nuestra dentadura

La gente que necesita un aventón

La gente que nos atemoriza en secreto

La gente que hace negocios por teléfono

La gente que llegó más tarde que nosotros

La gente que cree en las palabras

La gente que es más insignificante de lo que se imagina

La gente que nunca llama

La gente a la que prometimos llamar el verano pasado

La gente que fingimos no reconocer

La gente que nos quiso convertir

La gente que nos compró el refrigerador

La gente que se encontró nuestra cartera

La gente cuya llave encontramos

La gente que busca tu nombre en Internet

La gente que vive en el piso de arriba

La gente que duerme el lunes todo el día

La gente que lo va a perder todo

La gente que no tiene seguro

La gente que usa un nombre que no es suyo

La gente que se trituró una extremidad

La gente que murió ayer

La gente que no sabe que va a comer mañana

La gente que no durmió este fin de semana

La gente que se convirtió en aquello que más odiaba

La gente que nos observa desde su ventana

La gente que no quiero mencionar

La gente.

Junio 9, 2009 · Memoria, Notas · (Comentar) ·

Se ha detectado el primer caso de la gripe porcina en Ecuador. El primer afectado ha sido el ex presidente Lucio Gutiérrez. Luego de ser aplastado en las elecciones de la semana pasada el ex presi ha decidido desconocer el resultado de las mismas. Por supuesto, nadie ha dicho que la estupidez sea necesariamente uno de los síntomas de la gripe porcina, así como tampoco se ha comprobado que dicha enfermedad venga necesariamente y afecte exclusivamente a los cerdos, por lo que ya ni siquiera se llama gripe porcina sino h1n1, así que lo de Sucio Gutiérrez bien podría ser simple y llana estupidez. Como simple y llana estupidez ha sido la decisión de diversos sectores políticos de apoyar la candidatura de este perfecto subnormal. Parece que, no contentos con ver a un patán en el poder, estos sectores hubieran decidido hacer rebaño detrás de otro peor.

¿Qué será del Ecuador? Yo antes pensaba que nos haría bien anexarnos a otro país, digamos Perú o Colombia. Ahora creo que ninguno de nuestros vecinos merece semejante castigo. ¿Se podrá crear una enfermedad que arrase con la clase política ecuatoriana? (Por ahora, hoy me siento generoso). Gripe porcina, ya ni siquiera tenemos que rompernos la cabeza pensando en un nombre. No me lo agradezcan.

Mayo 4, 2009 · Memoria, Notas · (Comentar) · Temas: ,

En aquel tiempo recorríamos cada semana las carreteras de Indiana.

Por las mañanas, el pueblo universitario, todavía sumergido en el silencio de los domingos, se perdía a nuestras espaldas. Luego atravesábamos un puente que parecía un gigantesco insecto de metal. A veces, una lluvia suave salpicaba lentamente las calles negras. Otras veces, en el cielo se dibujaba la infancia de tormentas eléctricas.

En el verano el bosque crecía con furia y, de repente, era otro país, un lugar en el que sólo se escuchaba el chirrido lejano e invisible de millones de insectos. A veces mirábamos desde una elevación el viaje esforzado y mudo de un camión que aparecía y desaparecía en el verdor.

Durante el otoño, nuestro Ford rojo se abría paso por los túneles que los árboles formaban. Las hojas anaranjadas se elevaban varios metros para caer lentamente hasta cubrir de nuevo el asfalto.

Perseguíamos a los bisontes que se perdían entre los secuoyas. Los bisontes, con sus pechos abultados de color chocolate y expresiones resignadas parecían animales prehistóricos apurándose a la cita con su propia extinción.

Algunos pueblos abandonados. Un viento salvaje el único huésped de las avenidas cubiertas de asfalto —nada se salva del asfalto. Al final del día, el sol hundiéndose en los inacabables campos de maíz mientras Lucinda Williams ronroneaba con su voz herida de güisqui.

Nuestro mundo estaba plagado de preguntas. Lo único seguro era esa carretera y el horizonte que la devoraba.

Nadie nos esperaba en ningún lugar. No teníamos apuro de volver a casa.

Marzo 10, 2009 · Memoria, Notas · 2 comentarios · Temas:

La metamorfosis, una parodia

Hay quienes nacieron para escribir y quienes nacieron para ser escritores.

Onetti

Aquella mañana y luego de un sueño espeluznante, Gregorio Samsa se despertó convertido en una monstruosa cucaracha clásica. Su débil cuerpo estaba cubierto con un horroroso traje gris de tela dura como de cartón, que jamás se arrugaba aunque durmiera completamente vestido. Su cuerpo de piel blancuzca, casi transparente, dejaba entrever las gruesas venas que lo recorrían. Su rostro y pescuezo estaban cubiertos de gigantescos pelos negros y ensortijados que parecían enormes vellos púbicos con vida propia. Sus patas eran ridículamente más pequeñas en relación al resto del cuerpo y sobre todo en relación a la cabeza que, durante la noche, había crecido monstruosamente hasta, con su inmenso peso, impedirle mover el resto de su deformada humanidad.

Era la casa húmeda de sus abuelos, con quienes él y su madre vivían desde que el padre los abandonara, hacía ya muchos años. La madre llegó llorando, aquél día, con un bebé mocoso envuelto en unos sucios trapos.

Gregorio intentó mover un brazo, pero sus músculos parecían hechos de agua y cada movimiento azuzaba un pútrido olor que se levantaba desde los pálidos pliegues de su piel. Sus dientes y sobre todo, sus encías, habían crecido descomunalmente, impidiéndole cerrar la boca de labios abultados y secos. Todo esfuerzo por moverse, cada intento de ganar unos centímetros parecía inútil, así que se resignó a recostarse, contando las manchas de humedad del techo, actividad a la que a menudo dedicaba largas horas durante los años de desempleo en su juventud.
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Enero 8, 2009 · Imprecaciones, Memoria · (Comentar) ·

Salir de casa, luego de las respectivas despedidas. Encender el auto, acelerar, detener el auto. Entrar en un edificio de color indefinido. Ninguna memoria de los treinta minutos que me ha tomado el proceso.

A las cinco de la tarde, abandonar el edificio, repetir el proceso, al revés. Cinco días a la semana.

Es viernes.

Julio 25, 2008 · Memoria, Notas · (Comentar) ·