Vladimir Nabokov detestaba las entrevistas. Las conversaciones espontáneas no le permitían las mismas facilidades que un texto. Al hablar no es posible revisar, recortar, corregir, las necesidades de un perfeccionista. Exigía por lo tanto, que toda entrevista le fuera enviada con antelación por escrito y respondía de la misma manera, por escrito, luego de revisar, recortar y corregir.
Por ello, las entrevistas recopiladas en el volumen Strong Opinions(Opiniones contundentes), son textos elaborados cuidadosamente, destellos del estilo deslumbrante del creador de Lolita. En ellos se revela Nabokov como un supremo urdidor de bromas y juegos de palabras, un erudito que no solo desconfía de las escuelas y movimientos literarios sino que se burla de ellos con agudeza. La única escuela literaria es el talento dice en alguna parte. Y no podía ser de otra manera con un escritor tan difícilmente clasificable. Las dificultades empezando por su nacionalidad, Nabokov se enorgullecía de jamás haber pertenecido a ningún movimiento o club.
Nabokov parece haber sido tan feliz en los suntuosos hoteles suizos de sus últimos años como en los apartamentos berlineses en los que no era más que otro emigré desconocido. La Revolución Bolchevique lo despojó de los bienes materiales familiares pero, aparte de su desdén aristocrático por las revueltas, su exilio no delata señales de resentimiento o tragedia. Se afeitaba antes de bañarse siempre listo para emprender la fuga del último gobierno totalitario. El único pasaporte que un artista necesita es su arte, dice. Sospecho que Nabokov hubiera podido ser feliz y exitoso no importa el país en que las circunstancias lo llevaran. Los accidentes históricos y políticos no lo afectan. Nadie le hubiera podido quitar, después de todo, lo más valioso que poseía y habría de llevarse a la tumba.
En algún lugar de estas entrevistas dice Nabokov que mostrar un trabajo literario sin finalizar es como extirpar y exhibir el feto de un futuro vástago. Luego de las primeras reseñas sobre su novela póstuma e inconclusa The original of Laura, uno no puede dejar de sospechar lo cierto de aquella afirmación del maestro. Si las reseñas tienen razón, el libro quedará como una curiosidad dentro de la obra nabokoviana. De lo que no cabe duda luego de leer Strong Opinions y Speak, Memory(Habla, Memoria) es que Nabokov con seguridad le hubiera perdonado a su adorado Dimitri la contradicción de su deseo póstumo. E incluso, de alguna manera ingeniosa y siniestra, le hubiera encontrado la gracia.
Si la escritura comparte nuestros cinco sentidos, John Banville sería el olfato de la literatura en años recientes. Proust decía que mucho después de que ciertas cosas han dejado de existir, su sabor y olor persisten en la memoria. (En lo personal pienso que esto es especialmente cierto en cuanto a coños). Habría que elogiar la novela de Banville The Sea, entre otras muchas cosas, por esta maestría olfatoria. Debajo de la superficie, va Banville, buscando los aromas que evocan la niñez, el paso del tiempo, la muerte. La vida misma es algo que florece y se descompone en estas páginas.
A propósito, aquí una conversación de Banville en The Guardian. Oído atento a cuando Banville habla de la diferencia entre arte y vida, si interesa.
Empiezo The Age of Iron de J.M. Cotzee. Una mujer, en la última etapa de su vida, es testigo del deterioro moral de una sociedad mientras lucha contra el doloroso deterioro de su propio cuerpo. Coetzee ha logrado un lenguaje que evoca los orígenes de las cosas. Pienso inmediatamente en El hombre apareció en el Holoceno de Max Frisch. Geiser intentando memorizar datos sobre el aparecimiento del hombre mientras él mismo está a punto de desaparecer. El ser humano siempre vuelve a las edades primitivas. El Holoceno, la Edad de Hierro. Todo se deteriora. Heráclito veía todas las cosas siempre en proceso de convertirse en otras. Muchas veces las nuevas son mucho peores, hubiera podido añadir. Los períodos de esplendor son fugaces. El resto es decadencia y la añoranza del paraíso perdido.
El elemento que más rápido se deteriora en la naturaleza es el Uranio. Me imagino a las sociedades que los hombres crean formadas de un elemento que se derrumba aún más rápido que el Uranio. Es posible mirar sus átomos destruyéndose ante nuestros ojos. Al final sólo el caos. Y el grito primario, elemental, que a veces se convierte en poesía. Todo en proceso de convertirse en otra cosa. Todo desvaneciéndose en el aire.
Escucho a Wagner, construyo templos con migajas de pan.
El escritor fantasma
Leo The Ghost Writer, la primera novela de la serie de Nathan Zuckerman, de Philip Roth. Zuckerman visita a uno de sus héroes literarios, E.I. Lonoff, recluso en las montañas de New England. Asistimos a una detallada narración de la visita y, entre otras cosas, la conversación entre los dos: uno, el joven prometedor y turbulento; el otro, el genio establecido, consumido por su arte. Hablan de literatura y de mujeres; de la responsabilidad del escritor y la entrega del artista; sobre ese admirable pueblo nómada, los judíos. Zuckerman recuerda y reflexiona sobre su propia obra incipiente que ha encontrado varios detractores entre su propio círculo familiar y social. Zuckerman toma notas, intuyendo que algún día contará los acontecimientos tragicómicos de su visita, el libro que ahora tenemos en las manos. Lonoff lo anima, no necesitas ser amable, le dice. Sólo debes ser honesto, parece añadir.
¿A quién se debe el artista? Ciertamente no a un pueblo, a ningún grupo en particular. El artista se debe a sí mismo y a su honestidad. Si es lo suficientemente talentoso y honesto, quizá termine haciéndole compañía a Flaubert, Joyce, Céline, Vallejo, cada uno de ellos incómodos a su manera y en su tiempo. Como lei en algún lugar: ¿para qué sirve un escritor si no incomoda por lo menos a alguien?. Con estas certezas abandona Zukerman, el escritor incómodo, las montañas de New England.
Para ser verdaderamente creativo uno necesita algo más… una fuerza o disciplina especial o una mezcla de las dos; aquello que, creo, se llama carácter… Y esa cualidad, ese talento, es algo que no poseo. Es como una extraña sordera. Como si supiera la música, la canción que se toca, pero no pudiera escuchar sus notas.
Sándor Márai —La herencia de Esther
La herencia de Esther, de Sándor Márai
Cierro la última página de Esther’s Inheritance (La herencia de Esther), lo más reciente que se ha publicado en Estados Unidos de Sándor Márai. Es la historia de una mujer destruida en las redes de un mitómano. Se nos cuenta sobre la visita de Lajos, el hombre que le ha robado a Esther y su familia casi todo lo que tienen, veinte años después de haber desaparecido de sus vidas. Márai descubre en el primer párrafo lo que va a suceder: Lajos, el mentiroso irresistible, le quitará a Esther las únicas posesiones que tiene.
Hay mucho más, pero no pretendo una reseña en profundidad. Como casi siempre, Márai juega con las ideas de manera exquisita y nos regala algunas páginas luminosas. Como siempre, los diálogos se hacen cargo de resolver y dar luz a los hechos más trascendentales. Tanto que, como alguien ha mencionado, a veces parece que asistimos a una obra de teatro.
Me atrevo a hacer un mapa, un esquema compartido por sus ficciones.
- Personaje en una encrucijada.
- Se introducen otro(s) personaje(s), probablemente la Némesis del primero.
- Preparativos para el encuentro entre los dos personajes.
- El encuentro. Abundancia de diálogos que descubren los antecedentes de la encrucijada.
- Conclusión más o menos ambigua.
¿Es esto una tendencia general de las ficciones de Márai? Habrá que se esperar que se publique, a velocidad de gotero, el resto de sus novelas. Me armo de paciencia porque, pese a todo, Márai es un escritor fascinante.
El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.
Italo Calvino — Las ciudades invisibles
Leyendo Pnin de Vladimir Nabokov, me doy cuenta de que, si bien lograr un efecto cómico puede estar al alcance de todo el mundo, solamente los maestros nos hacen encariñarnos íntimamente con aquello de lo cual nos reímos.
Nos reímos de Timofey Pnin, un profesor ruso exiliado en los Estados Unidos. De sus peripecias, de su torpeza, de su extrema candidez. Al mismo tiempo nos damos cuenta de que el mundo que condena a Pnin al fracaso, a ser un objeto de escarnio, encierra cierta mounstruosidad.
De alguna manera Pnin es un personaje quijotesco, oponiendo las verdades y seguridades del viejo mundo a uno más nuevo y más salvaje. Además Pnin es, como mucho lo que escribió Nabokov, una reflexión sobre el arte de escribir ficciones. Escritura que juguetonamente se piensa a sí misma.
Al final uno no sabe si quedarse con los pasajes que lo hacen doblar de la risa o los otros, aquellos que, como el que sigue, rezuman una profunda melancolía:
Pnin slowly walked under the solemn pines. The sky was dying. He did not believe in an autocratic God. He did believe, dimly, in a democracy of ghosts. The souls of the dead, perhaps, formed committees, and these, in continuous session, attended to the destinies of the quick.
o
Pnin caminó lentamente bajo los solemnes pinos. El cielo se estaba muriendo. No creía en un Dios autócrata. Creía, vagamente, en una democracia de fantasmas. Las almas de los muertos formaban, quizá, comités, y éstos, reunidos en sesión permanente, cuidaban de los destinos de los vivos.
Leo en la bitácora de David Miklos una entrada que expresa muy bien algo que siempre he creído: lo importante de un albañil es el edificio que construye, la obra. En este caso, la entrada habla sobre la controversia que rodea la personalidad de ese desconocido tan familiar que es William Shakeaspeare, el arquitecto de una de las mayores obras literarias de todos los tiempos. La conclusión de Miklos:
A Shakespeare lo sobrevivió su obra. No hace falta más: allí está todo lo que en realidad necesitamos saber sobre Shakespeare, un absoluto hombre de letras, pura literatura.
Me ha hecho pensar en una frase de Faulkner:
It is my aim, and every effort bent, that the sum and history of my life, which in the same sentence is my obit and epitaph too, shall be them both: He made the books and he died.
La obra de un autor debería ser su biografía. El autor desaparecer detrás de su edifico literario. En un mundo de charlatanes, dejar que su obra hable por él. Pura literatura.