Sonidos
Un demonio me miró a los ojos. (Nick Cave, 28-9-08)
Un demonio pasó por Chicago anoche e instaló en esa ciudad el otoño, de un zarpazo, aplastando con el tacón de su bota los últimos vestigios del verano. Un demonio, un ángel negro que lleva toneladas de tormento a cuestas. Un demonio llamado Nick Cave.
La parte norte de la ciudad fue el epicentro del oscuro huracán. El teatro Riviera, vieja pintura de oropel descascarándose. El escenario perfecto para los más salvajes exorcismos. La banda telonera ya lo venía anunciando: hay un demonio hediondo a whisky y tabaco dentro de cada uno, solamente hay que hacer el suficiente ruido como para despertarlo.
Y Nick, que viene dándose de puñetazos con todos los demonios posibles, tanto que, desde hace tiempo, se ha instalado a vivir con ellos, es un demonio de cabello azabache, frente redonda y entradas amplias que simulan cuernos. El tiempo, 50 años para ser más precisos, que han dejado su marca en la cara y el cuerpo de Nick, no han tocado para nada ese espíritu agreste que desde hace más de 20 años viene grabando sus pesadillas en disco. La chaqueta negra que lo cubre al entrar al escenario pronto vuela hacia algún punto detrás de las cortinas y entonces es Nick Cave con la camisa abierta y el pecho al aire. Un bigote teñido de negro corona su boca gruesa que cuando se abre deja escapar todas las plagas de la Biblia. En cualquier otro lugar Nick pasaría como chulo, como cabrón de lo setenta. Pero esta noche es mucho más que eso: es un mago dispuesto a sacarte un diablo desde el fondo de las entrañas.
Trae un repertorio con pocas referencias a las baladas de los últimos tiempos, en que Nick cambió la agresión por melancolía. Lo que predomina esta noche es la fuerza primaria de la primera década de Nick y los Bad Seeds. Sólo hay un momento de indulgencia: cuando a Warren Ellis la electricidad lo traiciona (Without electricity I’m just a fucking pussy, dice el genio detrás de Dirty Three, que parece un travieso vagabundo jugando con instrumentos que toca por primera vez). Entonces Nick anuncia que él no la necesita y se sienta a aporrear el piano con las notas de Into my Arms. Nick la entrega con eficiencia. Pero esta no es noche para sutilezas.
Inmediatamente después, Nick se lanza con una brutal versión de Papa won’t leave you, Henry una canción de cuna para verdaderos desahuciados. Se dobla, aullando hacia el público, a la luna, al infierno. Warren azota la guitarra, la acerca los parlantes, ruido de feedback, explosiones, temblores, creo que el techo se va a caer sobre nuestras cabezas. Que esto no se acabe nunca. No te vayas, Nick. Fin del set.
Cuando regresa para el bis, Nick toma sugerencias. Escucho que alguien grita Stagger Lee y yo me uno. El concierto finaliza con esa historia de cabrones y balazos en el cráneo, motherfucking Stagger Lee.
El teatro arde. Las brutales vibraciones que nacen de los parlantes se instalan en mi estómago y crecen. Lo veo venir. Nick traga aire y escupe chorros de fuego que me queman la conciencia. Se me escapa un aullido. Nick se acerca al lugar donde estoy y me mira, me mira al fondo de los ojos y luego apunta hacia arriba, al techo, ¿al cielo? El paraíso que nunca conoceré.
Luego regresa al centro del escenario, se agarra los huevos y ríe a carcajadas. El público está listo para que lo metan a un manicomio. Nick, bigote teñido, líneas de sudor brillándole en el pecho flaco, cejas gruesas de duende de dos metros, los ojos dos líneas negras. Lo ha logrado de nuevo, como todas las noches. Ha despertado a un puñado de demonios que ahora le ayudan con su carga tormentosa, que comparten su dolor. Ríe porque no estará solo en el infierno, nunca más. Se ha robado un montón de almas y las ha colocado en el lado más oscuro de la música que, paradójicamente, se siente luminoso y puro. Siento que en cualquier momento se abre un cráter en el techo. O que el piso se viene abajo.
Un demonio, el tal Nick Cave. ¿O era un ángel?
Cuando salgo del teatro, abriéndome paso entre los cadáveres, ni siquiera recuerdo que ayer, y a pocos metros de aquí, ví a My Bloody Valentine perpetrar otra masacre. Pero eso es otra historia.
11:19 | Comentar | Temas: SonidosRick Wright, 1943-2008
Ayer murió el arquitecto de algunos de mis sueños juveniles: Rick Wright, el que operaba los botones de esa máquina de quimeras llamada Pink Floyd. Fue siempre una fuerza creativa, desde las pesadillas cósmicas de Syd Barrett hasta los últimos tiempos, en que el torrente de talento de David Gilmour le daba vida artificial a uno de los grupos más legendarios del rock.
Hoy escucharé Pink Floyd hasta dormirme. Nadaré sin oxígeno en ese mar de notas terribles y sublimes y lo recordaré cuando emocionado recorra esas torres musicales llamadas The Great Gig in the Sky y One of These Days.
Shine on you crazy diamond!
09:09 | 1 comentario | Temas: Sonidos