22
Mar
Summertime de J.M. Coetzee
John Coetzee ha muerto. Tras de sí deja una vasta obra literaria premiada con los más altos galardones internacionales. Deja, también, una estela de misterio sobre su vida privada. Un biógrafo inglés se propone echar luz sobre una de las etapas más cruciales de la vida de Coetzee, una época en que compuso piezas importantes de su obra. Para ello, el inglés utiliza los diarios del autor y entrevista a varias mujeres que estuvieron sentimentalmente relacionadas con Coetzee. Las entradas de diario muestran al escritor en una encrucijada de su vida, con poco dinero y la obligación auto impuesta de cuidar de su padre enfermo. La novela se nos presenta como el borrador de la futura biografía.
Esas es, en líneas generales, la historia de Summertime, lo último de J.M. Coetzee. Detrás de ella asoma una profunda reflexión sobre la dicotomía entre la vida privada y la literaria. Sistemática desmitificación de la imagen del autor como ser excepcional. Reflexión sobre el hecho de construir desde la más patética mortalidad una obra que supere la prueba del tiempo. Coetzee ejecuta un lenguaje que nunca escapa el apretón firme de su mano. Un lenguaje cuya economía de recursos funciona como un afilado escalpelo que deja en evidencia la médula de lo que toca.
Decía Coetzee que Samuel Beckett proponía, ante una vida sin gracia y sin consuelo, la misión única, inexplicable e inútil de no mentirnos a nosotros mismos. La misma misión parece animar las páginas de Summertime. La mirada que J.M. Coetzee posa sobre un individuo que comparte tantas cosas en común consigo mismo, no podía ser más dura. De las diferentes fuentes se dibuja un ser opaco, sin atributos y en franca contradicción con la imagen del escritor como sabio y filósofo. Las mujeres de Coetzee lo ven, en el mejor de los casos, con la pena con la que se mira al ser indefenso ante las fuerzas de la vida. En el caso de Adriana, la bailarina brasileña que Coetzee pretende por algunos meses, hay una repulsión inequívoca. A todas les sorprende la estatura intelectual que Coetzee adquiriría en los años posteriores. Entre el público femenino de Coetzee parece extenderse la general presunción de excepcionalismo del escritor. Al mismo tiempo, cada una de estas mujeres realiza actos propios de coraje y sacrificio. Tanto que en algún momento Coetzee deja de ser el centro de esa potencial biografía y aquellas mujeres se convierten en las protagonistas. Mucho más interesantes esas historias que las del opaco escritor; mayor la fascinación con sus personajes que la vanidad del autoanálisis.
Una de las conclusiones de Summertime puede ser que la redención personal se encuentra en los pequeños actos de sacrificio cotidiano que cada uno realiza. Lo que, en un nivel íntimo y alejado de la ilusión de celebridad, podemos amar de Coetzee es, por ejemplo, su lealtad de hacia su padre a pesar del obstáculo que todo compromiso representa para cualquier potencial obra. No mucho más. Aquello es lo que sobrevive bajo la mirada implacable de J.M. Coetzee. Pequeños gestos, tímidos atenuantes, atenuantes al fin, consuelos de gran valor en un mundo sin esperanza posible.