Si to conozco no me acuerdo

Me lo había dejado todo y poseía una carta suya donde me indicaba que quemara algunos papeles. Estaba escrita tan oscuramente que al principio pensé que se refería a borradores o manuscritos descartados, pero no tardé en descubrir que, salvo unas cuantas páginas inconexas dispersas entre otros papeles, él mismo los había destruido mucho antes, pues pertenecía a ese curioso tipo de escritor que sólo concede validez a la realización perfecta, el libro impreso, y para quien la existencia real de éste nada tiene que ver con la de su espectro, el intrincado manuscrito que revela sus imperfecciones como un fantasma vindicador que lleva bajo el brazo su propia cabeza. Por tal motivo el desorden de su taller nunca debe exhibirse, sea cual fuere su valor comercial o sentimental.

Vladimir NabokovLa verdadera vida de Sebastian Knight

Noviembre 22, 2009 · Notas · (Comentar) ·

Vladimir Nabokov detestaba las entrevistas. Las conversaciones espontáneas no le permitían las mismas facilidades que un texto. Al hablar no es posible revisar, recortar, corregir, las necesidades de un perfeccionista. Exigía por lo tanto, que toda entrevista le fuera enviada con antelación por escrito y respondía de la misma manera, por escrito, luego de revisar, recortar y corregir.

Por ello, las entrevistas recopiladas en el volumen Strong Opinions(Opiniones contundentes), son textos elaborados cuidadosamente, destellos del estilo deslumbrante del creador de Lolita. En ellos se revela Nabokov como un supremo urdidor de bromas y juegos de palabras, un erudito que no solo desconfía de las escuelas y movimientos literarios sino que se burla de ellos con agudeza. La única escuela literaria es el talento dice en alguna parte. Y no podía ser de otra manera con un escritor tan difícilmente clasificable. Las dificultades empezando por su nacionalidad, Nabokov se enorgullecía de jamás haber pertenecido a ningún movimiento o club.

Nabokov parece haber sido tan feliz en los suntuosos hoteles suizos de sus últimos años como en los apartamentos berlineses en los que no era más que otro emigré desconocido. La Revolución Bolchevique lo despojó de los bienes materiales familiares pero, aparte de su desdén aristocrático por las revueltas, su exilio no delata señales de resentimiento o tragedia. Se afeitaba antes de bañarse siempre listo para emprender la fuga del último gobierno totalitario. El único pasaporte que un artista necesita es su arte, dice. Sospecho que Nabokov hubiera podido ser feliz y exitoso no importa el país en que las circunstancias lo llevaran. Los accidentes históricos y políticos no lo afectan. Nadie le hubiera podido quitar, después de todo, lo más valioso que poseía y habría de llevarse a la tumba.

En algún lugar de estas entrevistas dice Nabokov que mostrar un trabajo literario sin finalizar es como extirpar y exhibir el feto de un futuro vástago. Luego de las primeras reseñas sobre su novela póstuma e inconclusa The original of Laura, uno no puede dejar de sospechar lo cierto de aquella afirmación del maestro. Si las reseñas tienen razón, el libro quedará como una curiosidad dentro de la obra nabokoviana. De lo que no cabe duda luego de leer Strong Opinions y Speak, Memory(Habla, Memoria) es que Nabokov con seguridad le hubiera perdonado a su adorado Dimitri la contradicción de su deseo póstumo. E incluso, de alguna manera ingeniosa y siniestra, le hubiera encontrado la gracia.

Noviembre 20, 2009 · Maestros · (Comentar) · Temas: ,

El chullita quiteño. A ciertas horas y con cierta cantidad de alcohol en las cabezas, las primeras espantosas notas de ese pasacalle arrancan gritos de júbilo entre los asistentes. Todos se levantan y practican una danza que incluye saltar en una pata con brincos cortos como si estuviera jugando rayuela y con las manos detrás de la espalda como si se estuviera atado con esposas. La letra es una mezcla de diminutivos y alegre puerilidad. Todo es bonito y pequeñito, patroncito, jefecito, peladito, mariconcito. Últimamente se enfatiza, sin ninguna razón que se conozca, lo de la Garagua. Y la Garagua, la Garagua, la Garagua. Los rostros en los que el alcohol acentúa la imbecilidad. Y la Garagua, la Garagua, la Garagua. La Garagua que antes solía oler a meados, en años recientes a pasado a oler directamente a mierda. Todavía conserva, es cierto, cierta belleza bajo el detrito humano que amenaza el Centro Histórico. Cierta sombra de un esplendor chato y fugaz. Los colores pasteles con que se ha maquillado el centro a veces recuerdan a esas personas que se perfuman sin antes haberse dado un baño.

En todo esto pienso mientras F. me cuenta que, como en cada época de sequía, el país parece haber vuelto a la Edad de Piedra. Nuestro jetón mayor le echa la culpa al pasado como si su gobierno hubiera empezado ayer. Pero, ¿qué somos nosotros sin nuestras excusas? Estarán felices, me imagino, quienes desearían volver a un pasado precolonial. Después de todo, las cosas eran perfectas antes de los españoles. Habrá que renunciar a las computadoras y lo demás. Y la Garagua, la Garagua, la Garagua. O a lo major podemos usar métodos tradicionales para atraer la lluvia. Salgamos todos a bailar pasacalles en las avenidas. La danza de la lluvia, en pelotas. El chullla quiteño. En el Panecillo en la Plaza Grande. Bailar y rezar porque caiga la lluvia, lo único que nos queda.

Y la Garagua, la Garagua, la Garagua.

Noviembre 16, 2009 · Notas · (Comentar) ·

Miro El Anticristo, la película de Von Trier. Siguiendo el consejo de un amigo, miro la película sin pensar que se trata de una película de Von Trier. Lo cual es sumamente fácil para mí ya que, la mayoría de películas que veo, las veo sin pensar que se tratan de películas de Von Trier.

La secuencia inicial es esplendorosa, bella. Una pareja folla mientras su hijo salta por la ventana. Escena bien hecha. El resto no es tan esplendoroso. Hay muchos elementos de psicoanálisis y el psicoanálisis me parece cualquier cosa menos esplendoroso. Burdo y previsible, más bien.

Algo más interesante es el coqueteo con el cine de terror. Ésta de Von Trier tiene mucho de otra película que ví hace días: Paranormal Activity(Actividad Paranormal). La premisa, al menos es la misma: una pareja se enfrenta a sus miedos con terribles consecuencias. O sea que Antichrist vendría a ser un Paranormal Activity para personas más educadas.

La naturaleza y sus demonios. La culpa, las vísceras, los órganos. Laceraciones, amputaciones y gritos, muchos gritos. Soy el mejor director del mundo.

Un poco histérico este señor Von Trier.

Noviembre 11, 2009 · Celuloide · (Comentar) ·

Ñoño

Ñoño niñato que con lagañas mira pasar el otoño delante de su ventana.

Ñoño niñato que los domingos se mira la panza desconsolado.

Ñoño niñato mañoso y roñoso de su madre eterno retoño.

Ñoño niñato aseñoritado un ñinõ añejado en pañales y entrepaños.

Ñoño niñato con cara de piña y nariz de ñame escondiendo la cizaña.

Ñoño niñato a quien le dan ñáñaras ceñir la cintura de cualquier niña.

Ñoño niñato el eterno amiguito, pañuelo desdeñado de todas las ñiñas que, en secreto, tocar añora.

(Pero jamás lo va a hacer, ni hoy ni mañana, más bien se toquetea él mismo cuando dice que va al baño).

Ñoño niñato que colecciona ñoñas ensoñaciones que a nadie importan un coño.

Ñoño niñato que de emisiones nocturnas mezcladas con lágrimas las sábanas tiñe.

Ñoño niñato que jamás ha tenido una riña que jamás se ha enredado a los puños con ningún conocido o extraño (pues se le dañarían, horror de horrores, las uñas).

Ñoño niñato que visita a sus padres invierno, primavera, verano y otoño aunque ellos estén hartos de su cara de boñiga.

(Excepto su madre, pues todos conocemos de la madre el cariño).

Ñoño niñato ¿por qué no te las amañas y empiezas a vivir una de estas mañanas?.

(¿Por lo menos por un año?)

Noviembre 10, 2009 · Notas · (Comentar) ·

¿Qué es mejor?

¿Tener el suficiente tiempo para darse cuenta de que uno no tiene talento o sospechar que uno tiene talento pero que jamás tendrá suficiente tiempo?

Noviembre 9, 2009 · Notas · 1 comentario ·

La alharaca del Nobel. Hoy, más que nunca, la alharaca de los Nobel. Que está bien. Que no está bien. Que habrá que leer a Müller. Que yo esperaré hasta que las cosas vuelvan a la calma para leer a Müller. Que yo no pienso leer a Muller. Que habrá que revisar nuestras actitudes hacia el Nobel de literatura. Que qué bueno que no se lo dieron a aquél. Que a mí me sorprendió. Que a mí no porque ya me he acostumbrado a las sorpresas de la Academia. Que la decisión de la Academia revela estos o aquellos criterios de parte de la Academia. Que la Academia es ombliguista(Ombliguista, !qué palabreja!). No, que nosostros somos los ombliguistas. Que a mi me alegra. Que a mi me entristece. Que a aquél le molesta. Que la decisión de la Academia nos ha enseñado esto o aquello. No, que la decisión de la Academia no nos ha enseñado absolutamente nada. Que la Academia hizo bien. Que hizo mal. Que hizo más o menos. Que hizo lo mismo que hizo el año pasado. Que el Nobel me lo merezco yo. El Nobel. Todos los años, la alharaca por el Nobel.

Noviembre 8, 2009 · Imprecaciones · (Comentar) · Temas:

Algo que me fascina acerca de las ciudades es el sentido del propósito que la gente que vive en ellas parece tener. La gente se levanta en la mañana y se arregla lo mejor que puede para luego atropellarse en las calles repletas tratando de llegar a los distintos lugares a los que deben llegar. Todos parecen un cumplir un propósito determinado, una misión específica e indispensable. El hombre con el rostro apretado contra la ventana del vagón de tren repleto no sospecha que cualquier su empresa es tan absurda como quedarse todo el día viendo la lluvia caer hasta que al cielo se seque totalmente.

Es agradable revisitar esa ilusión, esa energía. Por eso estamos en Nueva York. Por eso tomamos un avión incómodo en una época en que los aviones cada vez parecen más cárceles con alas de metal y los aeropuertos inmensos campos de concentración a las afueras de las ciudades.


LLegamos al anochecer. Cuando cruzamos en el taxi el puente de Brooklyn, las luces de Manhattan cubren el cielo como millones de fuegos artificiales petrificados en el aire. Las aguas del río Hudson esperan su caída en vano. Miramos el perfil rutilante de norte a sur. No en la radio pero si en mi cabeza suena una canción de Luna.

Al entrar el umbral de la isla de Manhattan, uno tiene la ilusión de haber dejado el mundo detrás. Al cruzar las puertas de la ciudad abandonamos toda esperanza.


El primer día conocemos la cara oculta de la ciudad: su sistema de trenes subterráneos. Una ciudad siempre en tinieblas bajo la otra, el rostro opulento de las postales. En la estaciones todo está cubierto por una película de grasa y el aire espeso se queda quieto hasta que uno de los ruidosos trenes lo llena de turbulencia y hediondeces indescriptibles. A cada momento tengo visiones espantosas de desastres que nos sepultan en aquellos túneles, las entrañas de la ciudad. Me imagino que tome un tiempo acostumbrarse a vivir como un topo buena parte del día.

Al subir por las escaleras y aparecer en la boca de los túneles, uno despierta de una pesadilla a la que deberá volver cada vez que quiera cruzar la ciudad.


Bartebly consume sus días caminando desde la estación del ferry de Ellis Island hasta Times Square. Lo vemos al bajar del ferry. Al cruzar la calle empuja una mesa donde tiene una computadora, impresora y módem. La barba a medio crecer, una camisa blanca cubriéndole la panza a duras penas. Sudor en varias partes del cuerpo. Los turistas, que en todas partes son como bandadas de cuervos, se dan la vuelta al verlo pasar. Algunos, los más atrevidos se atreven a pedirle que pose para una foto con la estatua de la Libertad al fondo. El siempre responde con su desdeñosa frase. Luego dobla una esquina y desaparece caminando por el malecón a cuyo lado se estrellan las aguas grises.


El omnipresente olor a meados. El olor a meados que lo inunda todo, hasta las entradas de los sitios más prestigiosos. Y ¿por qué no? Una ciudad tan grande también tiene que mear. Millones de litros de meados al día chorreando de las veredas y evaporándose al sol del mediodía. Millones de personas inhalando y exhalando el olor a meados. Meados para todo el mundo. El dulzón comunismo del meado. Entro e un baño público y aguanto la respiración. El olor a meados hasta en los sueños.


Nos perdemos y en Wall Strett un yuppie joven con traje color grafito insiste en acompañarnos hasta Penn Station. Nos da detalladas instrucciones e incluso nos recomienda un par de lugares antes de despedirse mostrando la misma sonrisa fosforescente de todos los yuppies. Se dice, se decía, que los neoyorquinos son gente bastante ruda, pero la señora en la estación del metro, el hombre de aspecto árabe en la séptima avenida, la chica con bolsas de supermercado en el tren, la hípster en Chinatown, no podían ser más amables. Alguien menciona que todo ha cambiado desde el 11 de septiembre. Que la gente se preocupa más por sus semejantes. Tengo visiones fugaces de aviones cayendo sobre varias ciudades del mundo. En realidad es terrible pensar que haya falta una tragedia espantosa para que la gente se vuelva menos detestable.


También hay pasadizos secretos, puertas ocultas que se abren luego de pronunciar palabras mágicas. Pregunto por algo, por cierto producto y luego de travesar túneles ocultos detrás de las tiendas de la calle cuarenta y dos, conozco la entrada al mercado negro. Algo me dice que un par de palabras más me acercarán a emociones aun más fuertes. El chino me sonríe y asiente. Pienso en la trilogía neoyorquina y los hombres perdidos para siempre de las novelas de Paul Auster. Al salir, miro el mapa y me cuesta entenderlo. Camino y me dejo arrastrar por el río humano.


Broadway, el Guggenheim, Radio City Music Hall, Central Park. El estadio de los Yankees en el corazón del Bronx, un bosque de torres vomitando humo gris. Coney Island. Los destinos literarios. Una multitud de lugares e imágenes que ahora me resultan borrosas. No podría jurar haber estado en ninguno de aquellos sitios. Lo que más recuerdo es estar de pie en el corazón de Times Square y mirar ciento rostros desfilando ante mis ojos como una película que intento descifrar. Vivir en una enorme ciudad tiene la ventaja de hacerte sentir un eterno extranjero y, como sabemos, ser extranjero es una de las formas de aquella falacia llamada libertad.


Muchos de los lugares más conocidos difieren de la imaginación que tenía de ellos. Algunos tienen menos lustre, se ven más pequeños de como me los imaginaba. Hay un Nueva York que vivía en mi mente, retazos que había juntado durante años y que voy perdiendo poco a poco a medida que la ciudad real entra a través de mis ojos. Me sucede también con las personas. Para conservar los productos de la imaginación con sus contrapartes físicos está el arte, la única eternidad posible, me digo.


Al regresar al aeropuerto hablo con el chofer, un dominicano vestido de Calvin Klein de pies a cabeza. Hablamos del swing de Manny Ramírez, de Mariano rivera y su placidez. De la comida dominicana y Washington Heights. De Wilfrido Vargas y Johnny ventura. Buena gente, la dominicana, me dice, pero no voy mucho por allá. ¿Por qué?, pregunto. Demasiada gente parecida a uno mismo, responde. Al despedirme le doy la mano a ese hombre tan sabio.


El avión deja detrás el mar de luces. No hemos visitado la mitad de lugares que habíamos planeado. Me acomodo en el asiento. Le cierro los ojos a mi hijo, le tomo la mano a mi mujer. La azafata me trae una taza de café. Le doy una última ojeada a la ciudad. A dos horas nos espera la enorme placidez del suburbio.

Allá abajo el río de gente se sigue moviendo como siempre. Los millones de vehículos se apresuran unos detrás de otros como largas filas de insectos luminosos sobre los puentes de Manhattan. La gente sigue corriendo apresuradamente de un lugar a otro, como si todo ese ajetreo y esos esfuerzos tuvieran alguna razón de ser, algún fin, un propósito que este momento me resulta difícil comprender.

Noviembre 4, 2009 · Memoria, Notas · (Comentar) · Temas:

Veo Away We Go, lo último de Sam Mendes. Uno no puede evitar comparar, y al lado de una obra como American Beauty, llena de gracia y veneno, casi cualquier cosa posterior de Mendes palidece. ¿Será, me digo, que hay tipos que agotan sus mejores esfuerzos en la juventud? Luego, todo lo que hacen es menor. No del todo desprovisto de encanto, pero menor. El jovenzuelo casanova del colegio parece veinte años mayor. Otros dan sus mejores frutos en la vejez.

De vuelta a la película, hay personajes que hablan y hablan sobre la mejor manera de vivir la vida. Quizá Sam esté buscando un contrapunto al veneno de American Beauty. Bostezo. Termino la noche haciendo ejercicios. Intento, como Lester Burnham, doblegar una panza rebelde.

Octubre 20, 2009 · Celuloide · 2 comentarios ·

Mariano Rivera

De chico ayudaba a su padre a arrancarle sardinas y anchoas al mar de Puerto Caimito, Panamá. Por la noche miraba las estrellas reflejarse en el Pacífico. Ahora lanza el anzuelo con los Yankees. En la espalda lleva el número del legendario Jackie Robinson y, como Robinson, su destino es el Salón de la Fama. Su especialidad son las bolas rápidas con efecto. Al lanzar la esfera la acaricia con los dedos índice y medio; la frota con la palma de la mano o la golpea con un movimiento parecido al de un karateca. La bola atraviesa el espacio dando vueltas en su eje como un planeta disparado hacia un hoyo negro. El bate traza un círculo en el aire, la bola aparece dentro del guante del cátcher y el bateador sonríe incómodo. Mario los retira uno tras otro, sin demostrar ninguna emoción. Al bajar de la loma, le da la mano a todo el mundo y desaparece por la boca del túnel. A veces mira hacia el graderío, Mariano, se fija en los reflectores y los flashes incontables. En ese momento me parece que no es un estadio lo que ve sino el mismo Océano Pacífico, su cielo lleno de astros parpadeantes, la negrura callada del cosmos.

Octubre 18, 2009 · Notas · 2 comentarios · Temas: ,