Si no tienes absolutamente nada que decir, dilo de la manera más confusa posible.
El tipo feliz, aquel que está satisfecho y el sol le brilla de noche, no necesita recorrer los caminos del arte. El arte le sirve al insatisfecho, le permite vivir por uno, cien, por los años que sean, sin volarse la tapa de los sesos. Que se vaya de picnic, el hombre contento, que escale montañas o le saque brillo al auto el fin de semana. La escritura parece no ser terreno fértil para el hombre mayormente satisfecho. Vaya esto como evidencia: la Historia de la Literatura es, en abrumadora proporción, una historia de infelices.
Ayer vi un reportaje sobre los elefantes que se usan en los circos. Recordé que fuimos al circo el años pasado. Hay que mirar la tristeza, el desamparo en los ojos de los elefantes y los rostros estúpidos de quienes disfrutan de sus piruetas. Recordé a los jovenzuelos que le lanzaban piedras al gato montés en el zoológico, hace algunos meses. Lugares aberrantes, los zoológicos y los circos. Los zoológicos remedando la naturaleza, haciéndola segura para el estúpido animal humano que no tiene otra cosa que hacer el fin de semana. El circo llega más lejos, en ellos se logra que los bellos animales salvajes se vistan y actúen como el mismo estúpido animal humano que los observa boquiabierto.
Dijo: nada se termina nunca. Lo peor es que a mucho ni siquiera podemos dedicarle nuestro mejor esfuerzo. Es bueno empezar desde cero de vez en cuando, pero solamente después de dejar el pellejo en aquello que nunca se termina. De lo contrario, nos persigue, nos quita el sueño. Conviene tomarlo como una hoja en blanco que abraza el rodillo de una máquina de escribir en la que no se puede retroceder ni borrar. Un camino en blanco en el que damos pasos que no se pueden deshacer. Cada tachón estallando en los ojos hasta que comprendemos la responsabilidad que cada letra lleva consigo. A pesar de ello, atreverse a fracasar, a grabar las palabras de nuevo y con mayor cuidado porque lo que nunca se termina hay que empezarlo de una vez. Es mejor arruinarlo, una y otra vez, que no empezarlo nunca. Volver hasta quedar exhaustos, habiéndonos jugado el pellejo. Sólo así se puede empezar de nuevo, sólo así vale la pena, dijo él.
Un día como hoy, en 1789, estallaba la Revolución Francesa. Pronto rodarían, literalmente, las cabezas de nobles y poderosos. Algo que siempre hay que celebrar.
Con cuánta fé se siguen levantando santuarios para los distintos dioses. El Poeta, es cierto, anda un poco alicaído de último. Tanto que da un poco de pena. El pobre Poeta y sus alas rotas. Bueno, se lo tenía bien merecido, en realidad. Pero, ¡cómo se cree en estos días en el Escritor! El Escritor, pareciera, es capaz de los mayores milagros. ¿Quién es el Escritor? Se le atribuyen tantos poderes que me encantaría conocerlo personalmente. Yo, por mi parte, conozco algunos escritores que son de la gente más normal del mundo. Ninguno de ellos declara ser el Escritor, hasta ahora. Cuando alguien habla con tanta reverencia sobre el Escritor, el Acto de Escribir, la Creación, etc., no puedo evitar acordarme del Poeta, la Musa, la Inspiración y tantos otros santuarios en desuso. Santuarios que crecen sobre las ruinas de otros santuarios, ¡quién tuviera el placer de ultrajarlos!
Manejar por placer. La burbuja nos protege y el mundo pasa como una película delante de nuestros ojos. La maravilla de ver algo por primera vez. Hyde Park enterrado en la marea gaseosa del domingo. Los paseantes con sus mejores trapos se pierden a pocos de metros. Nuevos sombreros inclinados, vestidos de seda agitándose en rápida olas. Unos zapatos de chulo. Todo desaparece en la bruma. La maravilla de ver algo por primera vez. Aun mejor, la maravilla de ver algo como si fuera la primera vez, cada vez. Los edificios clavados en la panza de una enorme nube. La ciudad irreconocible parece un lugar futuro. Fácil, de un tiempo en que ya no existimos, dice ella. El parabrisas se humedece, las gotas invisibles. No nos queda más que manejar, de ida o de regreso. Pero abramos las ventanas. Ay, Lucinda, cántate otra, por favor.
I stayed at home on the Fourth of July And I pulled the shades so I didn’t have to see the sky.
Galaxie 500 – Fourth of July
Sync: Bernhard – Onetti
Sin embargo, entre la Persa y yo no había surgido ninguna conversación. Sin embargo, realmente no había necesidad de ninguna conversación audible entre ella y yo, porque conversábamos ya desde hacía muchísimo tiempo, aunque no con palabras expresas. Conversábamos en silencio y nuestra conversación era una de las más interesantes que puede imaginarse; palabras pronunciadas y ordenadas para ser oídas no hubieran podido tener el efecto de ese silencio.
Thomas Bernhard -Sí
Y ellos estaban mudos y mirándose, a través del tiempo que no puede ser medido ni separado, del que sentimos correr junto con nuestra sangre. Estaban inmóviles y permanentes. A veces ella alzaba el labio sin saber qué hacía, tal vez fuera una sonrisa, o la nueva forma del recuerdo que iba a darle el triunfo, o la confesión total, instantánea de quién era ella.
J. C. Onetti – Los adioses