Mientras almuerzo leo un reportaje humorístico sobre los más parásitos horrorosos del planeta. Hay un crustáceo que se clava en la lengua de los pargos y se alimenta de su sangre. Con el tiempo el pargo pierde la lengua, pero el malvado crustáceo alarga su estancia, siempre alimentándose de la sangre del pez; actuando como si fuera la lengua perdida del pargo, una terrible simbiosis. Además hay gusanos, avispas, cucarachas zombies y demás. Pero el más impresionante es la larva que penetra la piel de los caracoles para luego brotar por las antenas de su huésped y ser devorados por aves hambrientas, en cuyo cuerpo se reproducen para continuar con su ciclo mortífero de vida. (Por un minuto pensé que estaba leyendo la sección política de los diarios de mi país.)
Claro, el reportaje no hablaba de los parásitos humanos que nuestro país produce a todos los niveles. Conozco una rabiosa especie que acopla su aparato bucal al recto de otro humano, y no lo deja en paz hasta que le ha chupado la última gota de sangre. Se lo conoce como, si la memoria no me falla, lameculus Vulgaris. Lo bueno es que la víctima, o la mayoría de las víctimas, siente un tremendo placer mientras todo esto sucede. Hasta que ya es muy tarde para sacudirse al parásito. Al final, la víctima suele morir de anemia y el parásito se coloca en algún puesto de prestigio. Sucede todos los días.
Esto entre otras muchas especies de parásitos cuya larga enumeración algún día acometeré.
Claro, en el reino de las especies que carecen de un lenguaje para comunicarse, a la maldad no se la llama maldad y el terrible oportunismo del parásito no tiene nombre, literalmente. Es diferente cuando hablamos de parásitos humanos, como es el caso del segundo párrafo. En esta instancia estamos obligados a horrorizarnos de la maldad del chupasangre, a encontrar una forma de solucionar su conducta nociva, a castigarlo de alguna manera.
Pero algo me dice que los parásitos humanos comparten, con sus iguales de la naturaleza, la falta de conciencia sobre lo nocivo de sus actos. Es posible que todos carezcan de la capacidad de formular juicios de valor sobre su maldad. A lo mejor todo sea un problema de vocabulario. O qué se yo.
En cuyo caso me inclino por pensar que la única solución para la conducta parasitaria, tanto en el reino animal como en su extensión, el humano, es la destrucción del parásito. Por supuesto, como no somos personas que se inclinen por la violencia, tal vez lo único que nos quede sea aceptar la maldad humana como un hecho más de la naturaleza. Debemos, después de todo, pensar que la conducta parasitaria es quizá la única posibilidad de sobrevivencia para ciertas especies.
En cualquier caso, les recomiendo vacunarse contra todo tipo de parásitos y curarse en salud.
Pienso en los abismos, en el fuego eterno de Heráclito.