Soy un masoquista consumado. Cada cierto tiempo, cuando mi masoquismo me vence, abro una de las páginas electrónicas de uno de los periódicos de mi país. Hoy me ha tocado mi dosis de auto flagelación.
Me entero que el ex ministro de gobierno afirma que ciertos funcionarios policiales parecen sentir la obligación de complacer a las autoridades de Estados Unidos, tanto que, la entrega de información confidencial a la embajada gringa es cosa de todos los días. Los policías ecuatorianos eran sometidos a pruebas de polígrafo por parte del personal de la embajada. Los policías ecuatorianos aceptaban con una mezcla de placer y nervios (¡no vaya a ser que no pasaran la prueba!) cualquier requerimiento. Todo esto a propósito del caso Chauvín.
Quiero aclarar algo: no me interesa el caso Chauvín en lo más mínimo. Mi masoquismo no alcanza esos extremos. Pero el síntoma que Bustamante cita lo aprovecho para hablar de algo que he comprobado en todos los niveles: somos un país de arrastrados. Nos babeamos ante todo lo que huela o se vea extranjero. Nos consume un paralizante complejo de inferioridad.
La mejor estrategia para levantar un trasero ecuatoriano es, por ello, mostrar un pasaporte extranjero. Lo cual no estaría mal sino fuera que, ante todo lo que nos recuerde a nosotros mismos, mostramos la otra cara de la moneda. Odiamos al indio porque todos tenemos algo de indios. A pesar de ello, no perdemos la oportunidad de mencionar, sin que se nos haya preguntado, los orígenes —siempre dudosos— de algún pariente de ultramar. Así nos disculpamos por ser ecuatorianos. Así decimos: soy una mierda, pero no siempre lo fui.
Santo cielo, cuánto asco me da.
Por ello le resulta tan fácil y conveniente al ecuatoriano escudarse detrás de otros acentos. Aún recuerdo a un farsante que conocí alguna vez. Nunca había ido a e España, pero eso no le impedía hablar con un ridículo acento español. Todavía lo recuerdo, a veces, subiéndose a la mesa y cantando Héroes.
Entonces me meo de la risa.
El ecuatoriano es un ser en un huida demencial de sí mismo. Todo lo que el ecuatoriano odia se puede resumir en la superficie de un espejo. Olvidémonos de Cuba, hay lugares en el Ecuador en que la entrada es exclusiva para extranjeros. Y si a un ecuatoriano lo rechazan en la puerta, pueden estar seguros de que el individuo pedirá perdón, perdón por haberse equivocado y perdón por no haber sabido y perdón por ser ecuatoriano, que es lo mismo que decir un pedazo de mierda.
Somos tan serviles que da ternura.
Ustedes dirán que si hablo de ello me convierto en una paradoja. Ustedes dirán cualquier cosa, sólo no vayan a creer que soy nacionalista porque, a pesar de todo lo que he dicho, lo más asqueroso es un ecuatoriano nacionalista. Que sería lo mismo que decir un pedazo de mierda nacionalista.
Pero no crean que he dicho nada. Es mejor así, como en esos viejos matrimonios en los que ya no queda nada que escuchar. Finjamos ser sordos y que nada nos toca. Sumerjámonos en la discreta paz de la resignación. Hasta que yo vuelva sobre lo mismo porque siempre vuelvo sobre lo mismo. Después de todo, no soy otra cosa que un masoquista consumado.