Todo esto debe ser reescrito en el pluscuamperfecto.
Beckett – Molloy
Anoche vi la foto, una foto de hace más de veinticinco años. Todos sonreímos y bebemos refresco en vasos de papel. Brillantes guirnaldas que se enredan con el cabello. Yo tengo la mitad de la panza fuera de la camisa y un bonete plateado sobre las greñas. La chica se esconde detrás de mí, asustada de la cámara que alguien, no se sabe quien, manipula. El primo mira hacia algún lugar detrás de la lente, a través de una ventana o a través del tiempo. A lo mejor nos mira mirándolo desde este día frío. Qué frescura. Cuánta belleza gastada. Si uno pudiera merodear esas fotos, esos años, por siglos enteros. Las cosas empiezan a joderse cuando uno se deja engañar y decide crecer. Todo se desvanece; al final sólo quedan flecos del tiempo, retazos que ya no se pueden juntar. Pero se sigue, queriendo creer que mientras haya por lo menos la sombra de esa sonrisa en el rostro de uno, la destrucción puede esperar un día más.
Hace unos días recordaba El misterioso caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson. El cuento de Stevenson es, entre otras cosas, un lúcido diagnóstico sobre la enfermedad de la hipocresía. Cuántos Dr. Jekyll no hemos conocido, individuos que te muestran sólo sonrisas de frente, pero que te dejarían la espalda como coladera en un segundo, sin dudarlo, sin temblarle las garras.
Recuerdo a un chico que alguna vez conocí, un Jekyll/Hyde compulsivo, un caso perdido. La útima vez que lo ví, seguía con el mismo juego. Había perfeccionado hasta el límite el arte de lamer traseros para luego apuñalar espaldas. No me cabe duda que tiene por delante un futuro promisorio en nuestro país.
Es tierno ver a muchos Dr. Jekylls que se han quedado en un estadio intermedio de metamorfosis, horrorosas mutaciones. Todos somos igual de despreciables, me imagino; en cada uno se esconde un cobarde, un traidor. La diferencia es que algunos estamos concientes de ello. Otros pretenden ser respetables Jekylls, notables señoritos. Ellos son quienes albergan a los más violentos Mr. Hydes, a los peores hijos de puta.
No puedo más que estar de acuerdo con Bolaño: la respetabilidad es el bien más deseado por el escritor de hoy. Qué no daría, el escritor, por que lo mimen, lo reconozcan, lo amen un poquito. La obra es lo de menor importancia, lo importante es codearse con otros escritores, rostros conocidos que aparezcan en el periódico, en la tele. Ay, qué orgásmico besarle la mano a Vargas Llosa. Ay, cómo posan en las fotos, los guapos, y los no tan guapos también. Se creen ya a la altura de un famoso abogado, de un político. Personas respetables, personajes famosos. ¡Líderes! (Algunos eyaculan con esta palabra; hay que usarla con extrema precaución).
Cuando reciben alabanzas, dice Schopenhauer, maúllan como gatos bajo la caricia de su dueño. Qué jodido, dice también Schopen, aquél que no puede encontrar en sí mismo los bienes que le provean satisfacción y debe buscarlos en el exterior, en los bienes materiales o en el reconocimiento ajeno. En el mundanal ruido.
Qué diferente, en cambio, el insolente que rechaza el juego de la fama. O por lo menos el discreto creador de ficciones que lo mira con indiferencia.
Pero mejor no digamos nada. Dejemos hablar a Onetti. Era la noche y después fue la madrugada en el barrio sucio de la gran ciudad. Algunos esperaban en vano la llegada del día.
Correr descalzo y con los pantalones húmedos por la arena mojada. Luchar contra las olas que revientan, revolcarse con ellas. Escuchar el silencio debajo del agua. Agarrarse el intrumento, duro las más de las horas. Pellizcar unos pezones rosados, bajo la sombra de unas palmeras. La brisa del mar se estrella contra los árboles. Los mangos bailotean, a punto de arrancarse. El olor del agua. Flores de sal sobre la piel bronceada. Morder unos labios carnosos. Los pájaros celebran histéricos. La muchacha que ya es otra. Que siempre será distinta.
Tan suave y tan caprichosa, la materia del recuerdo.
La nieve cae incesante, como si el paraíso se hubiera quemado y nosotros miráramos sus cenizas depositarse sobre la tierra.
Hace días recibí por correo la primera novela de Max Frisch Stiller (No soy Stiller), la abrí y las primeras páginas me impactaron. La vida se cruza de nuevo, la dejo para más tarde. Recuerdo, sin embargo, lo primero que leí del suizo, la inquietante El hombre aparece en el Holoceno. Geiser, un hombre arrinconado por la vejez, intenta defenderse de la desintegración y el olvido llenando su cabaña de recortes amputados de enciclopedias, diccionarios y periódicos. Esa es toda la trama. Lo visitan, preocupados, familiares, conocidos. Pero el hombre sabe que esta es una lucha solitaria, cualquier otra salida le parece indigna. Se parapeta detrás de su humanidad, la convierte en un santuario que irremediablemente será reducido a ruinas por las fuerzas hostiles del tiempo y la muerte. No necesitamos que se nos diga cómo será el fin. Solamente necesitamos saber que el hombre tratará de resistir, hasta su inevitable llegada. Frisch captura en pocas páginas de una poesía contenida esa tragedia de la desintegración, de lucha contra el olvido.
Hoy que casi se puede escuchar el sonido de la nieve cayendo, que el mundo se cubre de blanco hasta casi desaparecer ante nuestros ojos, recuerdo ese gesto inútil pero feliz de Geiser. Entonces, me parapeto yo también y, desde mi humilde cabaña en el desierto blanco (es un decir, como todo), me dispongo a defender la memoria de las garras del olvido.
Hay quienes nacieron para escribir y quienes nacieron para ser escritores.
Onetti
Aquella mañana y luego de un sueño espeluznante, Gregorio Samsa se despertó convertido en una monstruosa cucaracha clásica. Su débil cuerpo estaba cubierto con un horroroso traje gris de tela dura como de cartón, que jamás se arrugaba aunque durmiera completamente vestido. Su cuerpo de piel blancuzca, casi transparente, dejaba entrever las gruesas venas que lo recorrían. Su rostro y pescuezo estaban cubiertos de gigantescos pelos negros y ensortijados que parecían enormes vellos púbicos con vida propia. Sus patas eran ridículamente más pequeñas en relación al resto del cuerpo y sobre todo en relación a la cabeza que, durante la noche, había crecido monstruosamente hasta, con su inmenso peso, impedirle mover el resto de su deformada humanidad.
Era la casa húmeda de sus abuelos, con quienes él y su madre vivían desde que el padre los abandonara, hacía ya muchos años. La madre llegó llorando, aquél día, con un bebé mocoso envuelto en unos sucios trapos.
Gregorio intentó mover un brazo, pero sus músculos parecían hechos de agua y cada movimiento azuzaba un pútrido olor que se levantaba desde los pálidos pliegues de su piel. Sus dientes y sobre todo, sus encías, habían crecido descomunalmente, impidiéndole cerrar la boca de labios abultados y secos. Todo esfuerzo por moverse, cada intento de ganar unos centímetros parecía inútil, así que se resignó a recostarse, contando las manchas de humedad del techo, actividad a la que a menudo dedicaba largas horas durante los años de desempleo en su juventud.
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