Leyendo Pnin de Vladimir Nabokov, me doy cuenta de que, si bien lograr un efecto cómico puede estar al alcance de todo el mundo, solamente los maestros nos hacen encariñarnos íntimamente con aquello de lo cual nos reímos.
Nos reímos de Timofey Pnin, un profesor ruso exiliado en los Estados Unidos. De sus peripecias, de su torpeza, de su extrema candidez. Al mismo tiempo nos damos cuenta de que el mundo que condena a Pnin al fracaso, a ser un objeto de escarnio, encierra cierta mounstruosidad.
De alguna manera Pnin es un personaje quijotesco, oponiendo las verdades y seguridades del viejo mundo a uno más nuevo y más salvaje. Además Pnin es, como mucho lo que escribió Nabokov, una reflexión sobre el arte de escribir ficciones. Escritura que juguetonamente se piensa a sí misma.
Al final uno no sabe si quedarse con los pasajes que lo hacen doblar de la risa o los otros, aquellos que, como el que sigue, rezuman una profunda melancolía:
Pnin slowly walked under the solemn pines. The sky was dying. He did not believe in an autocratic God. He did believe, dimly, in a democracy of ghosts. The souls of the dead, perhaps, formed committees, and these, in continuous session, attended to the destinies of the quick.
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Pnin caminó lentamente bajo los solemnes pinos. El cielo se estaba muriendo. No creía en un Dios autócrata. Creía, vagamente, en una democracia de fantasmas. Las almas de los muertos formaban, quizá, comités, y éstos, reunidos en sesión permanente, cuidaban de los destinos de los vivos.