Tom Waits, el cabrón que disfraza su voz del más rasposo whisky, del más amargo bourbon, me da una de las claves con las que me muevo, de ahora en adelante.
Soy más preciso: en Rain Dogs, un álbum que hay que escuchar en la última borrachera que el mundo se pueda dar, o en las cantinas del infierno, si lo permiten, Waits ladra:
I’ll tell you all my secrets but I’ll lie about my past…
No hay duda, todo el mundo debe hacerse una máscara a su medida. Mienten quienes se apegan demasiado a los hechos. Tom Waits sabe.
Escribo con rabia sobre una ciudad que me gustaría fuera imaginaria. Con una pena vieja junto las piezas de un mapa que se me ha grabado, a fuego puro, en la conciencia. Intento que mi rabia no me arrebate las manos. Me pongo mi máscara que cambia llanto por carcajadas y, plantado en una cómoda silla, afilo cada palabra hasta formar un cuchillo a la medida de mi odio.
Procuro disfrutar cada segundo.
Otros náufragos
No crean que estoy sólo, que soy el único náufrago. En esta isla he visto otros que, como yo, han fracasado. Todos deambulan como almas en pena, con los ojos perdidos. El miedo les encoje el corazón. Y yo no quiero ser uno de ellos. Por eso, en mi mente elaboro miles de ideas, exploro las rutas del escape, entreno mis pulmones, aprieto cada músculo de mi cuerpo.
El mar me espera, en aparente calma, pero sé que sus olas son asesinas y su sino salvaje. Sé, sobre todo, que no hay compasión en toda su anchura, en su infinita profundidad.
Pero tengo todavía el coraje suficiente para soñar con el escape. O tal vez mi miedo a quedarme en la isla, con los otros náufragos, sea mayor que el terror que el mar me provoca.
Por hoy, esta playa me refugia. Mi ojos son dos fortalezas.
Parte de naufragio
Luego del naufragio, el sol vuelve a brillar en la isla, desde la cual intentaremos zarpar, una vez más. Recuerdo me aferraba a mi equipaje hasta con los dientes, pero las feroces olas me lo arrancaron mientras me trituraban las costillas (los dientes por suerte todavía los tengo). Hoy, al sentarme solo y adolorido en la misma orilla, me di cuenta de que el equipaje era precisamente lo que me hacía naufragar tantas veces. Y adiós muy buenas. Maldito equipaje de mi pasado: que el mar te cobije en sus entrañas, o lo que sea.
Para mi viaje solamente necesito un cuchillo. Y si no hay cuchillo, con los dientes bastará. No perder los dientes, es todo. Nunca perder los dientes.