Manejar por placer. La burbuja nos protege y el mundo pasa como una película delante de nuestros ojos. La maravilla de ver algo por primera vez. Hyde Park enterrado en la marea gaseosa del domingo. Los paseantes con sus mejores trapos se pierden a pocos de metros. Nuevos sombreros inclinados, vestidos de seda agitándose en rápida olas. Unos zapatos de chulo. Todo desaparece en la bruma. La maravilla de ver algo por primera vez. Aun mejor, la maravilla de ver algo como si fuera la primera vez, cada vez. Los edificios clavados en la panza de una enorme nube. La ciudad irreconocible parece un lugar futuro. Fácil, de un tiempo en que ya no existimos, dice ella. El parabrisas se humedece, las gotas invisibles. No nos queda más que manejar, de ida o de regreso. Pero abramos las ventanas. Ay, Lucinda, cántate otra, por favor.
En aquel tiempo recorríamos cada semana las carreteras de Indiana.
Por las mañanas, el pueblo universitario, todavía sumergido en el silencio de los domingos, se perdía a nuestras espaldas. Luego atravesábamos un puente que parecía un gigantesco insecto de metal. A veces, una lluvia suave salpicaba lentamente las calles negras. Otras veces, en el cielo se dibujaba la infancia de tormentas eléctricas.
En el verano el bosque crecía con furia y, de repente, era otro país, un lugar en el que sólo se escuchaba el chirrido lejano e invisible de millones de insectos. A veces mirábamos desde una elevación el viaje esforzado y mudo de un camión que aparecía y desaparecía en el verdor.
Durante el otoño, nuestro Ford rojo se abría paso por los túneles que los árboles formaban. Las hojas anaranjadas se elevaban varios metros para caer lentamente hasta cubrir de nuevo el asfalto.
Perseguíamos a los bisontes que se perdían entre los secuoyas. Los bisontes, con sus pechos abultados de color chocolate y expresiones resignadas parecían animales prehistóricos apurándose a la cita con su propia extinción.
Algunos pueblos abandonados. Un viento salvaje el único huésped de las avenidas cubiertas de asfalto —nada se salva del asfalto. Al final del día, el sol hundiéndose en los inacabables campos de maíz mientras Lucinda Williams ronroneaba con su voz herida de güisqui.
Nuestro mundo estaba plagado de preguntas. Lo único seguro era esa carretera y el horizonte que la devoraba.
Nadie nos esperaba en ningún lugar. No teníamos apuro de volver a casa.