A veces prefiero no leer mis entradas anteriores, so pena de borrarlas íntegramente. Los de mi generación somos bastante pomposos, no hay nada que hacer. Luchamos todos los días contra ese esplendor tan chato con el que nacimos. Contra la tendencia a intentar sorprendernos a nosotros mismos.
Mi esperanza es que, si uno persevera, no le quedará otra salida que verse al espejo de manera más cruda. Mientras más se persiste en esto, menos se engaña uno, me lo he dicho muchas veces. La evidencia no siempre me da la razón.
Sigamos, de cualquier manera.
Apenas algo de John Cheever este fin de semana. Un hermoso cuento llamada Goodbye, My Brother. Es lo que tienen los estadounidenses, esos insulares despreciados por la Academia Sueca del Fiasco; hay una gran pureza en esos cuentos que parecen no precouparse de otra cosa que de sí mismos. De ahora en adelante leeré a Cheever en las pausas.
Es la temporada de tormentas. La bruma es espesa y el agua constante. Hoy llevo una camisa azul de la que me siento bastante orgulloso. Vayan a YouTube y vean todo el cencierto de Leonard Cohen en Coachella, vale la pena.