Es sorprendente como, a pesar de que el mundo no ceja en el empeño de destruirnos y envilecernos, la imagen del resto, de algunos de los que forman el resto, puede, en algunas ocasiones, llegar a consolarnos. Mientras el tiempo nos reduce y nos encoje, hasta que casi no podemos encontrar en nosotros mismos la sombra de aquello menos despreciable que alguna vez fuimos, y tratamos de resistir el embate del hastío contando los pocos momentos de libertad que logramos arrancarle al paso de los días, otros se entregan a la maquinaria de la estupidez, se abandonan a los engranajes de la miseria humana a cambio de qué se yo, ¿un par de monedas? ¿el cumplimiento de algún sueño de una pobre infancia?
Que quede claro: todos tenemos que darle algo a la máquina, cambiar algo por algo tratando de que el saldo no sea demasiado vergonzoso. Eso es una cosa; entregarse a las tareas más miserables, abrazar hoy aquello contra lo que ayer juramos, prostituirnos e hijueputizarnos hasta la médula, es otra muy distinta.
Todo esto me recuerda aquel pasaje de Viaje al final de la noche de Céline donde Bardamú se despide de Molly, reflexiona sobre el tiempo que los separa, se dirige a ella en la distancia y finalmente dice:
Para dejarla, necesité, desde luego, mucha locura y un carácter chungo y frío. Aun así, he defendido mi alma hasta ahora y Molly me regaló tanto cariño y ensueño en aquellos meses de América, que, si viniera mañana la muerte a buscarme, nunca llegaría a estar, estoy seguro, tan frío, ruin y grosero como los otros.
Es lo que digo: defender el alma. Supongo que a algunos todavía nos da algo de tranquilidad pensar que lo hemos intentado durante una jornada. Otros seguirán rifando la suya hasta en sus sueños.
La misma noche nos cobija todos, de cualquier manera.