Sábado en la noche. Nos dejamos arrastrar por la masa al teatro. Lo último del hombre murciélago. A la entrada, hordas de adolescentes en pantalones cortos, colgados de diminutos celulares. Pieles peligrosa, dolorosamente bronceadas. Rostros y trapos idénticos. Hollister, Abercrombie & Fitch, etc. ¿Soy yo o es que todos son exactamente iguales, clones rubios telefonándose hasta el cansancio? Puros personajes de Bret Easton Ellis se han dado cita a las afueras del cine.
En la pantalla, Heath Ledger se pasa la gorda lengua por los labios. Un buen chico, Ledger, que disfrute allá donde sea, presumiblemente codeándose con James Dean y River Phoenix. Luego de la primera hora me empieza a doler el culo de estar sentado. Nolan agota, pero no a punta de bostezos, como otros, lo suyo es puro vértigo. Y aunque esta Batman pierde un poco de ritmo al final, todavía nos queda energía para hablar sobre ella luego, de camino a casa. Mi compañera y yo. Las implicaciones políticas las dejamos para otro día, no nos interesan, hoy poblamos un mundo más hermético. Ella y yo. Batman está bien, dice ella; sí, digo yo.
Al llegar vemos una luna anaranjada en el cielo. La acariciamos con el dedo índice antes de cerrar las puertas de nuestro mundo, de nuevo. El pequeño nos saluda con una sonrisa. Ahora el mundo es más completo, un mundo de tres. Pensaré en la mueca macabra de Ledger, en los atroces medicamentos para el alma o tal vez en el doloroso silencio de Ennis del Mar, antes que el sueño me lleve.